lunes, 9 de febrero de 2009

Lectura colaborativa con niños

Este era el mundo de Pedro.

A lo largo de toda la costa
azotada por el viento y en lo alto
de los desvastados acantilados,
este despiadado extremo del
mundo rebosaba de vida.

Cormoranes, gaviotas, araos,
eider, haveldas, graznaban,
parpaban y se gritaban entre
ellos, mientras que abajo, en el
mar turbulento, las focas y otros
animales se agitaban, jugaban
y disfrutaban d elas riquezas del mar.

Algunos iban hasta allí para
tener a sus crías. Para otros era
su hogar.

No prestaban atención a la
distante procesión de petroleros.
Se sentían seguros en su refugio.

Esta era también la playa
de Pedro. Donde iban a lanzar
piedras sobre las crestas de
las olas. Donde iba a buscar
cangrejos en los charcos
escondidas entre las rocas.
Donde iba a echar pan
a los patos y peces a las focas.

Los eider eran los favoritos
de Pedro. Los patos reconocían
su llamada y no le temían.
Sabían que aquella también era
su playa. Él les llevaba su
comida y ellos iban a recibirlo,
luchando por ser los primeros,
a pesar de que Pedro se
aseguraba de que ninguno
se quedara sin su parte.

Pero llegó un día en que
un petrolero pasó demasiado
cerca. Peligrosamente cerca
para las juguetonas focas;
peligrosamente cerca para los
patos; demasiado cerca para
pasar sin rozar las rocas que se
encontraban bajo la peligrosa
marea.

Demasiado cerca para el
mundo de Pedro.

El estrépito de toneladas de
metal rompiendo contra las
rocas alertó a los granjeros de
las cercanías y sacudió a Pedro
de su sueño. Todos corrieron al
borde del acantilado y vieron
con horror que el casco del
petrolero accidentado se estaba
partiendo en dos.

(....continuará...)